anar a nevagció

EL FIN DEL CASTELLANO 3 Setembre 2008

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Vienen a por mi. Sé que me encontrarán de un momento a otro. Por eso escribo este mensaje en la parte de atrás de una hoja de calendario, julio de 2008, la introduzco en la botella de Coca-Cola y la dejo caer por el water. Así, alguien descubrirá este grito de auxilio. Me persiguen, me persiguen incansablemente por hablar… castellano, o español, como Vd. quiera llamarle.

 

Yo sabía que este día llegaría. Cuando todavía no hace 25 años se aprobó la Ley de Uso y Enseñanza del Valenciano, la detestable LUEV, imagine que pasaría esto. Por eso participé en las manifestaciones de las madres de la plaza Castelar contra la enseñanza voluntaria de la pérfida lengua. Po eso tambien fui a Alicante a manifestarme contra la lengua de esta tierra, como hacen los romanos cultos contra el italiano, los parisinos ilustrados contra el francés y los civilizados suecos contra el sueco.

 

Pero el proceso avanzaba inevitablemente: día a día desparecían las cadenas de TV en castellano y aparecían nuevas, o transformadas, que sólo emitían en valenciano. Lo mismo ocurría con las radios. Ya puedo pegarle vueltas a mi sintonizador, mi parabólica o mi dial, todo en valenciano o, lo que es peor, en ese diabólico dialecto llamado catalán. Ah, el cine, claro, solo en valenciano. En mi pueblo hay 20 salas de cines. De las más de 500 películas que pasan al año, ni una sola és en la lengua de Alfredo Landa.

 

La cosa no acabó ahí, no, mi afición por leer tanto prensa com revistas y libros me hizo que viviera en poco tiempo una transformación inusitada de la oferta editorial. En el kiosco todos los diarios y revistas estaban en valenciano —Informació, La Veritat, El Món, Deu Minuts, Setmana, Prompte, Públic, El País Valencià…— sólo podía comprar una revista llamada El Tiempo o un diario, Hoy, que casi nunca llegaba a los kioscos de aquí. ¿Y los libros? Todos en valenciano. En la librería que frecuentaba tendrían unos 20.000 libros a la venta. En un rinconcito había un apartado que decía ”español/castellano” y habría, como mucho, un par de docenas. La biblioteca del pueblo se llenó de libros en valenciano, muchos editados en la depravada Cataluña. Cuando le pido a la bibliotecaria algún libro en castellano, me mira por encima de las gafas con gesto agrio y me dice “¿para que quieres leer en castellano si está todo en valenciano?”. Yo alzo mis hombros y ella, sin mediar palabra, me indica con su dedo amenazador una cochambrosa estantería donde habrá un centenar de viejos libros escritos en la bella lengua de Cervantes.

 

¿Y en los organismos oficiales? Empezaron a tener la fea costumbre de saludarme diciendo eso de “Bon dia, qué desitja vosté?” como si hubiesen olvidado la lengua de J. María Pemán. Yo les contestaba en castellano y ellos me atendían muy correctamente, pero a mi me daba mucha rabia. Y los documents oficiales —leyes, cartas, bandos, comunicaciones,…— en las dos lenguas, o, a veces, sólo en valenciano.

 

Yo que soy religioso tuve que ver, y oir, como la mayor parte de los oficios sagrados se decían en un solemne valenciano que me repugnaba. ¿Es que alguna vez Dios, Jesucristo, la Virgen, los Santos Apóstoles o los Papas hablaron en lengua tan ordinaria? Excepcionalmente se hacen solo dos misas en castellano: El 12 de Octubre, día del Pilar, por aquello de la Hispanidad o la Raza, y el 20 de noviembre, no sé por qué.

 

La enseñanza ha sufrido mucho. Los niños estudian en valenciano. Yo quise que mis pequeños estudiaran en castellano y tuve que llevarlos a un colegio que me cogía lejos de casa. ¿Y saben qué pasa? Que los jodidos niños que estudian en valenciano tambien saben castellano, pero no lo usan nunca. Serán…

 

El comercio es una locura: todo, todo, todo está etiquetado en valenciano. A veces te encuentras un producto que en letra muy, muy, muy pequeñita pone algo en castellano, pero son pocos. Los carteles indicadores, todos en ese insufrible valenciano. A veces alguno, simbólicamente, en castellano, en Mercamujer ese.

 

No, no tengo nada contra el valenciano: a mi me gustaba oirlo hablar a los viejetes, oir chistes en valenciano, decir tacos en esa lengua tan adecuada para ello, cantar “La manta al coll” o alguna cosa así. Hasta era partidario que se enseñara en la escuela una hora al mes, con carácter voluntario y, claro está, fuera del horario escolar. Tan bien me caía el valenciano que cuando llegaban los Moros y Cristiano y me ponía un pelín borrachito hasta lo hablaba: “Xe, com va?”, “Recontracollons, sant Bonifaci que fora”, “Això, això ho pague jo!”. Que bonito era y que castizo quedaba en esos días, no como ahora.

 

Ya los oigo, ya vienen. Acaban de abrir la puerta de abajo. Suben los escalones. Ponen su mano en la puerta y aparecen imponentes ante mí, lanzo la botella con mensaje por el agujero del W.C., tiro de de la cadena…

 

—Tio, ja has tornat a llegir “El manifiesto de Savater”? Vinga, anem a fer-mo’n una…

 Vicent Brotons

 

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