Arxiu del January del 2012

Nos vemos si… nos miramos

Friday, 27/01/2012 (19:20)

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Aquel hombre era invisible, pero nadie se percató de ello *. Vestía camisas de manga larga en verano para esconder un secreto que no se quería saber. La sombra de la visera de una gorra calada en su cabeza rapada ocultaba sus ojos hundidos en un rostro huesudo forrado de piel morena. De sus labios colgaba siempre un pitillo, que le mantenía la boca cerrada y los dientes amarillos. Andaba mirando al suelo, como si quisiera despedirse de los pedazos de aquello que rompía cuando se le escapaba de las manos; unas grandes manos callosas con las que tomaba prestado lo que no le querían dar. Todo lo hacía despacio, salvo correr, y sólo corría si tenía a alguien detrás. Encorvado, cargaba en sus hombros la diferencia entre los treinta años de carné y unos cincuenta malvividos. Había quemado su juventud de plástico y retenía el hábito de cubrir de ceniza las apariencias. Dosificaba su sonrisa mostrándola un par de veces al día, y los otros ratos vivía desde lejos, a cobijo de las salpicaduras ajenas, intentando olvidar  manchas propias y domesticando pensamientos. Su mente percudida imaginaba huidas a lugares donde no hubiera calles vacías, ni tampoco un hombre anónimo perdido en ellas usurpándoles el nombre. A lugares donde no tuviera que anticiparse al dolor de estar vivo. Aquel hombre era invisible, pero nadie se percató de que una mirada bastaba para que dejara de serlo.

* Microcuento de Gabriel Jiménez Emán

Regalo de vanidad

Sunday, 08/01/2012 (19:24)

Todo lo que posee cabe en su maleta andrajosa. Sin espacio para calendarios ajenos, la fecha de caducidad impresa en los envases que encuentra en la basura, lejos de pronosticar cuánto queda para llegar al futuro, le sitúa aproximadamente en el ayer. Vagabundo, nombra días que ya existieron: el pasado nunca fue mejor pero se dulcifica en el trayecto de vuelta una vez rescatado del olvido. Hubo una época en la que también participó en los rituales navideños, pero descubrió que no quería pertenecer a una sociedad encerrada al otro lado de las paredes de los pabellones psiquiátricos que él ocasionalmente moró. Jamás entendió tanta docilidad al aceptar una alegría domesticada y programada: ¡es que nadie se había dado cuenta de la imposibilidad de la alegría después de una cuenta atrás! Cada Nochevieja, cuando todo parece detenerse para escuchar el paso del tiempo, deambula por las calles vacías, las pasea en exclusiva, iluminadas y decoradas solamente para él. Ese instante breve, efímero y único es su regalo de vanidad. Antes de la última campanada, devuelve algo del desprecio recogido durante el año y se lleva a los cartones su singularidad.