Asombro acostumbrado

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Hizo detener el coche engalanado cuando apenas se había alejado unos metros de la sacristía, se despidió de su breve esposa con un beso desapasionado en la mejilla, tan protocolario como los que da el Santo Padre en el suelo de los aeropuertos, y regresó para reunirse con nosotros. Ya nos había advertido: “¡Se avecina un divorcio! No os mováis que enseguida vuelvo”. Así que allí estábamos, con una copita en una mano, un montadito en la otra, y nuestra cara de asombro acostumbrado. Una celebración es una celebración, y dos, son dos. No íbamos a echarlas a perder, aunque se tratase de la boda y el divorcio del mismo amigo en el mismo día y lugar. Nos pareció casual, pero no excesivo. Así éramos nosotros: unos gorrones. Y así era Mario: impulsivo, aventurero y ahorrador; muy ahorrador. Al aprovechar alegrías, vinos, licores, canapés, músicos e invitados, se ahorraba una bala y mataba dos pájaros de un tiro. Su disparo a quemarropa pudo matar dos pájaros más; el cura quedó tocado, pero Beatriz lo esquivó y en lugar de marcharse ultrajada a pasear su dolor, volvió para enseñárnoslo. Sobre todo a Mario. ¡Estuvo tan digna! Tan vestida de blanco, con el velo desgarrado a juego con su corazón y el leve maquillaje diluido en sus lágrimas…, parecía una heroína. La música se detuvo para amplificar su actuación. Solo el perfume de las flores rompía el silencio. Beatriz se sirvió una copa de champán con parsimonia. Se sabía observada y con todas la razones de su parte. Dio un sorbo y saboreó el momento y las burbujas. Fue el único instante en que abrió la boca. Luego, sobreactuando, se acercó a Mario con la cara alta y los pasos firmes. Lucía finísimos tacones domesticados. La copa medio vacía de champán, medio llena de coraje. Se detuvo a la distancia que ya no permite rehuir el desprecio y se lo arrojó todo al rostro junto con el espumoso. Dio media vuelta y se dirigió a la salida ladeando las caderas hasta desafiar el esqueleto.

Habría sido más justo que alguien hubiera dicho: “¡Corten, la escena es buena!”, pero fue Mario quien apartó nuestros ojos del culo de su futura ex mujer cuando gritó: “¡Hay que celebrar el nacimiento de mi primer hijo!”. Casi sin pensarlo, por la inercia de la costumbre, todos preguntamos al unísono: “¿Para cuándo está previsto?”. Mario, como siempre, nos lo aclaró: “Ni idea. Debo recuperar a una esposa y convencer a una madre. No me atosiguéis”. Y abandonó la sala tras la estela blanca de ambas.

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