Asombro acostumbrado

Thursday, 01/11/2012 (20:25)

asombroacostumbrado.jpg

Hizo detener el coche engalanado cuando apenas se había alejado unos metros de la sacristía, se despidió de su breve esposa con un beso desapasionado en la mejilla, tan protocolario como los que da el Santo Padre en el suelo de los aeropuertos, y regresó para reunirse con nosotros. Ya nos había advertido: “¡Se avecina un divorcio! No os mováis que enseguida vuelvo”. Así que allí estábamos, con una copita en una mano, un montadito en la otra, y nuestra cara de asombro acostumbrado. Una celebración es una celebración, y dos, son dos. No íbamos a echarlas a perder, aunque se tratase de la boda y el divorcio del mismo amigo en el mismo día y lugar. Nos pareció casual, pero no excesivo. Así éramos nosotros: unos gorrones. Y así era Mario: impulsivo, aventurero y ahorrador; muy ahorrador. Al aprovechar alegrías, vinos, licores, canapés, músicos e invitados, se ahorraba una bala y mataba dos pájaros de un tiro. Su disparo a quemarropa pudo matar dos pájaros más; el cura quedó tocado, pero Beatriz lo esquivó y en lugar de marcharse ultrajada a pasear su dolor, volvió para enseñárnoslo. Sobre todo a Mario. ¡Estuvo tan digna! Tan vestida de blanco, con el velo desgarrado a juego con su corazón y el leve maquillaje diluido en sus lágrimas…, parecía una heroína. La música se detuvo para amplificar su actuación. Solo el perfume de las flores rompía el silencio. Beatriz se sirvió una copa de champán con parsimonia. Se sabía observada y con todas la razones de su parte. Dio un sorbo y saboreó el momento y las burbujas. Fue el único instante en que abrió la boca. Luego, sobreactuando, se acercó a Mario con la cara alta y los pasos firmes. Lucía finísimos tacones domesticados. La copa medio vacía de champán, medio llena de coraje. Se detuvo a la distancia que ya no permite rehuir el desprecio y se lo arrojó todo al rostro junto con el espumoso. Dio media vuelta y se dirigió a la salida ladeando las caderas hasta desafiar el esqueleto.

Habría sido más justo que alguien hubiera dicho: “¡Corten, la escena es buena!”, pero fue Mario quien apartó nuestros ojos del culo de su futura ex mujer cuando gritó: “¡Hay que celebrar el nacimiento de mi primer hijo!”. Casi sin pensarlo, por la inercia de la costumbre, todos preguntamos al unísono: “¿Para cuándo está previsto?”. Mario, como siempre, nos lo aclaró: “Ni idea. Debo recuperar a una esposa y convencer a una madre. No me atosiguéis”. Y abandonó la sala tras la estela blanca de ambas.

Terra de perdedors

Tuesday, 26/06/2012 (11:11)

la-tia-pepa.jpg

Retrat de la Tia Pepa. Pablo Picasso, 1896

A la tia Pepa se la coneixia millor pel que no tenia i pel que no deia, però la resta de la família no estava avesada a la subtilesa dels seus “nos”. No la sabien mirar; aquella austeritat els feia por, però jo em sentia còmode a prop del seu món de mancances i silencis, convençut, ja aleshores, que quan la majoria pren una determinació, probablement és equivocada. Alguns anys enrere, la tia Pepa em va ensenyar a saber guanyar; o a saber perdre, que és gairebé el mateix. Els pares em deixaven moltes tardes a ca seva i, asseguts un davant de l’altre, ens tiràvem un cabdell de llana. Es tractava que no caigués a terra. Jo deuria tenir quatre o cinc anys i encara era maldestre amb les mans. La tia em llançava aquella improvisada pilota amb suavitat, lleugerament bombada, per tal que em fos més fàcil atrapar-la. Després jo l’hi tornava, i ella, de tant en tant, deia “ui!” mentre fingia que li relliscava.

Quan vaig a veure-la, em poso algun dels jerseis que m’ha fet. Sec davant la cadira de rodes on s’està, li llanço el cabdell. Sempre passa entre els seus braços, rebota a la falda i cau a terra. M’aixeco i el deixo a les seves mans nuoses, unes mans que han fet de tot menys la manicura. Em torna la bola de llana, se m’escapa i rodola fins als seus peus quiets. Així passem la tarda, perdent tots dos, o guanyant, que és gairebé el mateix. La gent diu que és com si fos morta. No han vist el seu somriure quan dic “ui!” i el cabdell roda avall, sobre el sòl dels perdedors.

Guanyador III Premi de microrelats “Picasso en Lletra” organitzat pel Museu Picasso i la UOC

Equilibrar la balanza

Friday, 08/06/2012 (15:21)

balanza1.jpg

Además, el pollo rebozado siempre humea demasiado. Tampoco sabe cocinar. No deja que ese pensamiento se aposente en la memoria para poder jurar que jamás lo ha tenido. Lo mira con ojitos de querer, él resbala, agarra el mantel con intención de amortiguar la caída, y hace añicos la vajilla. Se levanta con el pelo grasiento tapándole la cara de haber roto un plato y muestra su sonrisa amarilla.
¿Tú me ves para quererte? Se había declarado clavándole la inseguridad con el ojo bueno. Ella le había contestado que sí. Sólo deseaba que se sintiese amado. Después, con el tiempo, quizá lo amaría.

Una vida en miniatura

Thursday, 17/05/2012 (13:50)

Vida en miniatura

Y al otro lado de la ventana, nada de nada. Se hubiera conformado con un pedazo de cielo, medio horizonte o una niebla espesa; con la punta de un cuerno de luna menguante, una parcela de noche sin estrellas o la cima de la duna de un desierto. Incluso unas rejas, un niño llorando o un incendio hubieran bastado. Acaso ser testigo de un accidente, un asesinato, una catástrofe. Algo. Allí tumbado, en el camarote de aquel velero, hubiera tenido suficiente con avistar cualquier otro color que no fuera el inmenso verde botella que rodeaba su vida entera reflejando su pequeñez.

Dormir menos de… es morir

Friday, 04/05/2012 (20:02)

dormir.jpg

Se entrenaban para estar muertos. Nadie nacía con el talento necesario para saber morir. Adquirirlo requería mucha dedicación: unas ocho horas al día, una tercera parte de sus vidas. Desnudos, retando al sudario, o protegidos con el atuendo litúrgico, se entrenaban para aprender a estar quietos, tumbados y con los ojos cerrados. Cuanto menos se entrenaban más fácil era morir. Si renunciaban al adiestramiento, triunfaban. Se entrenaban para ser los últimos y fracasar. Adormecidos, soñaban que era posible soportar esa contradicción inventando dulces sueños, pero de vez en cuando una pesadilla les recordaba que estaban muertos. Sólo los más afortunados podían despertar.