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“Solos de nosotros”: la soledad creadora de Liliane Mizrahi 25 November 2010

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Algunos fragmentos del libro La mujer transgresora – libro descatalogado desde hace unos años (aunque ya lo tengamos en pdf!) – para acompañar el final de nuestra tarea con Piel de foca, piel del alma.

A veces, al soportar el propio desamparo, descubro el lugar preciso del enigma. Una clave importante para sostener el proceso de crecimiento. El sentimiento de orfandad es inevitable. La dependencia, la necesidad de sostén, de comprensión, la resonancia sensible del otro con el propio sufrimiento, el miedo a la soledad y otros dolores son propios de nuestro género humano.

Estas características generalmente nos determinan para establecer vínculos infantiles, dependientes, muchas veces simbióticos, en los que contraemos pactos de no crecimiento. Sufrimos inevitablemente en todas aquellas situaciones en las que nuestra autonomía está amenazada.

La cultura en que vivimos, los cánones sociales, los mandatos familiares y otras convenciones educativas por el estilo nos enseñan el horror de la soledad. Así, desde esta perspectiva, la soledad se convierte en vacío, aislamiento, abandono o deterioro. Se cree que la soledad es fundamentalmente carencia. Nadie nos induce a explorarla, conocerla, dialogar con ella, transformarla en un espacio de encuentro fecundo con uno mismo.

Miedos ancestrales nos ayudan a pegotearnos e incrustarnos en los otros, renunciando las más de las veces a nuestra autonomía. Cualquier cosa con tal de no estar solos. Concedemos, intentamos conciliar, negamos realidades que son obvias o dolorosas, buscamos cuanta forma de autoengaño sepamos conseguir con tal de no quedarnos, o de que no nos dejen solos. La soledad se ha convertido entonces en un malentendido con la vida.

¿Qué hago con esa vivencia de orfandad que implica la propia soledad?
Puede ser que ponga en marcha la experiencia de integrarme, acercarme un poco más a mi misma para enterarme quién soy y cómo soy. O bien puedo postergar mi propia búsqueda e iniciar la búsqueda de algún otro que calme mi ansiedad frente al vacío.

Sé por experiencia que quien no está capacitado para vivir armónicamente consigo, no está capacitado para vivir con otro. La soledad, como logro de mi propia madurez, ratifica la confianza en mi autonomía. Es solamente a partir del compromiso que asumo en la convivencia conmigo desde donde puedo elegir convivir con otro. Descubro la alteridad. En la medida en que sé quién soy, puedo darme cuenta de quién es el otro. Cuando me encuentro conmigo, descubro al otro como ser diferente y discrepante con quien puedo elegir estar o no.

El proceso de transformación del vínculo con la soledad, en tanto modifica los significados originarios que culturalmente se le adjudican, es en primera instancia una transgresión.

Convertir la soledad en un encuentro consigo mismo es una propuesta transgresora en tanto implica la ruptura con los mandatos de enajenación que fuimos recibiendo a través de la educación y a lo largo de nuestra historia. La transgresión ha iniciado su proceso ascendente cuando vamos comprendiendo que nadie se libera de una vez y para siempre. Llego a la conclusión de que no se alcanza ni la verdad ni el conocimiento en términos estáticos y definitivos, sino procesales.

Ay, la incertidumbre… 17 November 2010

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Un párrafo-tornado de Clarice Lispector sacado de su libro La pasión según G.H.

Si tengo coraje, me dejaré seguir perdida.
Pero tengo miedo de lo nuevo y tengo miedo de vivir lo que no entiendo.
Quiero tener siempre la garantía de por lo menos estar pensando que entiendo.
No sé entregarme a la desorientación.
¿Cómo se explica que mi mayor miedo sea ser?

*

Un frase-guía de María Zambrano, al final de su precioso y luminoso librito Los bienaventurados, frase tantas veces citada en nuestros talleres…

Hay una esperanza que nada espera, que se alimenta de su propia incertidumbre: la esperanza creadora; la que extrae del vacío, de la adversidad, de la oposición, su propia fuerza sin por eso oponerse a nada, sin embalarse en ninguna clase de guerra.

La soledad deliberada de María Zambrano 11 November 2010

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cercle_zen.jpg Para abonar nuestras reflexiones últimas sobre la soledad y el silencio en nuestro afán por “volver a casa”, comparto estos fragmentos de María Zambrano perdidos y re-encontrados en su obra “Claros del bosque”. Hacen parte de la octava sección: La entrega indescifrable, y son sacados del apartado La mirada remota.

La soledad, aquella más pura no tocada por el afán de independencia ni por el sentimiento de encontrarse aislado, la soledad aceptada en el abandono, recibe el don de la mirada remota que la sostiene.

El silencio es la nota dominante de esta aceptada soledad que puede darse aun en medio del rumor y del bullicio, y que florece bajo la música que se escucha enteramente. Es el silencio que acalla el rumor interior de la psique y el continuo parlar de ese personaje que llevamos dentro, y que la exterioridad ha ido formando a su imagen y semejanza: banal, discutidor, contestatario; el que tiene razón sin descanso, capaz de hacerla valer sin tregua, frente a algo, y a solas frente a nada; guardián del yo socializado y sobretodo de eso que se llama la personalidad, el que no puede quedarse callado y en alta voz lo dice, añadiendo como causa y motivo de su incesante hablar “frente a la injusticia”. “Frente a la iniquidad”, aunque luego cuando ellas están ahí ante sus ojos suele callarse. Y colabora con sus razones para enconar la soledad del aislado y no permitirle que su aislamiento ascienda a ser soledad pura, que acaba así siendo al modo de un delirio de la psique sometida a la representación social y aun más a la representación del papel social del que el sujeto que lo alberga se cree investido.

Viene el silencio como si descendiera desde lo más alto sobre la soledad y la recoge como ofreciéndola, casi dándole un nombre, y la conduce sin crear movimiento alguno en el ánimo; imperceptiblemente la envuelve. Todo es inmediato y no hay camino. La mirada remota se hace sentir. Una mirada sin intención y sin anuncio alguno de juicio o de proceso. La mirada que todo lo nacido ha de recibir al nacer y por la cual el naciente forma parte del universo.

La visión no-dual de Schrödinger: “Eso eres tú” 10 November 2010

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Aquí va un extracto del libro “Mi concepción del mundo” del físico Erwin Schröndinger (1887-1961), padre de la mecánica cuántica y premio Nobel de Física en 1933, que constituye un testimonio, sin duda iluminador, acerca de algunos de los temas que, desde los últimos meses, van surgiendo en los talleres: ¿quién o qué soy?, ¿cuál es la naturaleza del yo?, ¿qué es la conciencia?, lo real y la apariencia, la unidad y la multiplicidad, la mente y la naturaleza, la presencia plena en el ahora y la naturaleza del tiempo… Schröndinger hace referencia en este escrito a la concepción vedántica, núcleo gnóstico de la tradición índica reflejada en los Upanishads, para la que “la pluralidad que percibimos es solamente una apariencia, no es real”. Y a continuación, nos ofrece la descripción de una experiencia y una profunda reflexión. Sus palabras reflejan el centro “invisible” de nuestra tarea lobuna.

” Supongamos que estoy sentado en un tronco junto a un sendero en una región de alta montaña. Estoy rodeado de laderas cubiertas de hierba, de las que emergen aquí y allí abruptamente algunas rocas; en la ladera opuesta del valle diviso un pedregal entreverado escasamente de arbustos de abedules. A ambos lados del valle, la vegetación trepa en pendientes escarpadas hasta alcanzar la línea de pastos donde cesa el arbolado; enfrente, remontándose desde las honduras del valle, se yergue poderoso un pico, de cuya cumbre desciende un glaciar entre suaves hondonadas cubiertas de nieve y agudas aristas rocosas, que en este momento acarician, tiñéndolas de un suave color rosa, los últimos rayos del sol poniente, destacándose todo ello en maravilloso contraste sobre el fondo azul, pálido y transparente, del cielo.

Según la forma ordinaria que tenemos de ver las cosas, todo eso que estoy viendo ha estado ahí durante miles de años antes de ahora, fuera de algunos cambios sin importancia. Dentro de algún tiempo, no mucho, yo habré dejado de existir, y esos bosques, esas rocas y ese cielo seguirán estando ahí más o menos igual durante miles de años después de que yo haya desaparecido.

¿Qué es lo que me ha sacado de la nada de un modo tan repentino, a fin de gozar por tan corto rato de un espectáculo al que resulto absolutamente indiferente? Las condiciones que han permitido que yo exista son casi tan antiguas como las rocas que contemplo. Durante miles de años, me han precedido otros hombres que se han esforzado, han sufrido, han engendrado, y otras mujeres que han parido a sus hijos con dolor. Tal vez hace cien años estuvo aquí mismo sentado otro hombre, y como yo, estuvo mirando a esa luz feneciente reflejarse en el glaciar, sintiéndose entre nostálgico y sobrecogido en su corazón. Como yo, había sido engendrado por un hombre y había sido parido por una mujer. Había sentido penas y breves alegrías en su vida, como yo mismo. ¿Era alguien distinto de mí? ¿No era tal vez yo mismo? ¿En qué consiste mi yo? ¿Qué condiciones fueron necesarias para que lo concebido esta vez fuera yo, justamente yo y no otro? ¿Qué significado científico claramente inteligible puede realmente corresponder a ese “otro”? Si mi madre hubiese vivido con otra persona distinta de mi padre y hubiese tenido de él un hijo, y mi padre hubiese hecho otro tanto, ¿habría yo llegado a ser? ¿O es que acaso vivía yo ya en ellos, y en los padres de mis padres, y así sucesivamente, desde hace miles de años? E incluso si fuera así, ¿por qué yo no soy mi hermano, o por qué mi hermano no es yo, o no soy yo alguno de mis primos lejanos? ¿Qué es lo que justifica el que nos empeñemos tan obstinadamente en descubrir esa diferencia – la diferencia entre mi propio yo y los demás – cuando objetivamente lo que hay en todos es la misma cosa?

Al pensar y ver las cosas de esta manera, es posible que de pronto caigamos en la cuenta de la profunda verdad que alberga la convicción básica del Vedanta: no es posible que esa unidad de conocimiento, de sentimiento y de decisiones a la que llamamos el propio yo haya saltado de la nada al ser en un momento dado hace apenas un poco de tiempo; más bien, ese conocimiento, sentimiento y decisión son en lo esencial eternos, inmutables y numéricamente unos y los mismos en todos los seres humanos, más aún, en todos los seres dotados de sensibilidad. Pero no en el sentido de que cada uno de nosotros sea una parte o una porción de un ser infinito y eterno, o un aspecto o modificación del mismo, como en el panteísmo de Spinoza. Porque entonces seguiríamos topándonos con la misma pregunta embarazosa: ¿qué parte o qué aspecto soy yo? ¿Qué es lo que objetivamente me diferencia de los demás? No es eso, sino que, por inconcebible que resulte a nuestra razón ordinaria, todos nosotros – y todos los demás seres conscientes en cuanto tales – estamos todos en todos. De modo que la vida que cada uno de nosotros vive no es meramente una porción de la existencia total, sino que en cierto sentido es el todo; únicamente, que ese todo no se deja abarcar con una sola mirada. Eso es lo que, como sabemos, expresa esa fórmula mística sagrada de los brahmines, que es no obstante tan clara y tan sencilla: Tat twan asi, eso eres tú. O también, lo que significan expresiones como: “Yo estoy en el este y en el oeste, yo estoy encima y debajo, yo soy el mundo entero.”

Podemos, pues, tumbarnos sobre el suelo y estirarnos sobre la Madre Tierra con la absoluta certeza de ser una sola y misma cosa con ella y ella con nosotros. Nuestros cimientos son tan firmes e inconmovibles como los suyos; de hecho, mil veces más firmes y más inconmovibles. Tan seguro como que mañana seré engullido por ella, con igual seguridad volverá a darme de nuevo a luz un día para enfrentarme a nuevos trabajos y padecimientos. Y no solamente “un día”: ahora, hoy, cada día, me da a luz continuamente, no ya una vez, sino miles y miles de veces, lo mismo que me va devorando miles de veces cada día. Porque eternamente, y siempre, no existe más que ahora, un único y mismo ahora; el presente es lo único que no tiene fin.”

Una loba en la Biblioteca del Bosque: un paseo por la obra de Miguel Ángel Blanco 4 November 2010

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999.jpg415.jpgbiblioteca-del-bosque_1.jpgFue en la primavera pasada cuando me topé con esta peculiar Biblioteca, guiada por una sutil y misteriosa lógica que hace que parezca natural el hecho que una loba, en sus azarosos paseos por los territorios del arte y la naturaleza, termine encontrándose con una Biblioteca del Bosque …

Una biblioteca sin una sola palabra, sin frases ni disertaciones. Otra enseñanza es ésta, otro lenguaje es el que se habla aquí, compuesto por el alfabeto mudo de la naturaleza. Un alfabeto que despierta nuestros sentidos, que nos recuerda quienes somos, de donde venimos y donde estamos, una enseñanza que nos lleva a profundizar, en un mismo gesto, en el conocimiento y la sensibilidad hacia el entorno natural y hacia nosotros mismos.

Esta biblioteca alberga unos libros-caja que recogen la escritura de la Tierra, el lenguaje cifrado de la naturaleza y de sus ciclos: musgos, líquenes, cortezas, acículas, piñones, pólenes, zarzas, hongos, cera, raíces, semillas, plumas, hojas, sal, algas, lavas, tierras, minerales, gotas de ámbar o resinas son algunos de los materiales que Miguel Ángel Blanco ha recolectado en sus escarceos de caminante solitario por los bosques, los desiertos, las montañas, las orillas del mundo a lo largo de más de 25 años… “Materiales que liberan imágenes ocultas” dice el artista-recolector… Sus libros son composiciones orgánicas que nos hablan de la vida salvaje, nos sumergen de nuevo en ella, mostrando con una inagotable fertilidad la belleza de la naturaleza. “Creo que es posible todavía sumergirse en la vida secreta de la naturaleza, escribe el artista madrileño… El bosque es uno de sus lugares privilegiados en los que se puede sentir la palpitación de la madre tierra…” Y es en el bosque, en el valle de la Fuenfría donde vivió a partir de 1980, cuando Miguel Ángel Blanco, en silencio y en soledad, volvió “a germinar”, cuando encontró lo que sería su “arte”, siguiendo intuitivamente a tres cuervos que le llevaron hasta unas cajas de madera a partir de las cuales su trabajo, sus rituales, sus visiones empezaron a encontrar un lenguaje propio que no es sino el mismo lenguaje de la naturaleza…

Cada libro-caja es una invocación silenciosa, una revelación, un santuario, nos dice este genuino compilador asilvestrado. Cada uno está elaborado siguiendo un ritual preciso. Un ritual que busca recuperar nuestra sensibilidad telúrica, activando de nuevo nuestros sentidos atrofiados, acrecentando nuestra receptividad, haciéndonos partícipe del misterio de lo natural. “Dentro de una pequeña caja pueden abrirse abismos insondables, vislumbrarse lagos profundos, espacios infinitos, tormentas, arroyos, fuego… y hasta, a través de una gota de resina, la formación del Universo. Micropaisajes. El libro-caja es la memoria de lo inmemorial. Pero nunca podremos abarcar la infinitud de la dimensión íntima.”

Cada acontecimiento (así llama Miguel Ángel Blanco a lo que viene recogido en las cajas) está introducido por unas páginas en las que se despliegan dibujos y gravados. “El sucederse de las páginas es asimilable al movimiento del alma al caminar, explica el artista, relación que otorga al libro un carácter dinámico.” Blanco hace hincapié en la elección del soporte de papel cuya textura, origen y color son determinantes pues “están ya hablando antes de convertirse en dibujos.” Además de la variedad de los papeles (desde el humilde de estraza al suntuoso de pergamino, pasando por el vegetal, los japoneses de kozo, los nepalíes de corteza de lokhte, los indios de caña de azúcar, los tailandeses de fibra de morera y otros muchos), las técnicas puestas en juego para la realización de los dibujos son también muy variadas: las aspersiones de tinta, las huellas positivas o negativas de materiales utilizados en la caja, las líneas de fuego, las marcas hídricas o distintas técnicas de grabado… Después de sellar la caja con un vidrio para mantener sus contenidos, Blanco procede a encuadernar el libro y realiza un estuche de madera para él. Finalmente, el libro (cada uno con un formato y un color diferentes) pasa a integrarse, siguiendo una disposición horizontal, en su “gran escultura”, la Biblioteca del Bosque, que concibe como “una obra en proceso de crecimiento continuo”. Un verdadero work-in-progress.

Adentrarse en esta Biblioteca del Bosque compuesta, hoy por hoy, por más de mil libros-caja, pacientemente ensamblada por la minuciosa tarea de un lobo solitario, es un verdadero placer para la inteligencia y para los sentidos. Otra manera de habitar el mundo, sintiéndonos parte integrante del conjunto de las cosas, de las fuerzas y de los fenómenos que componen el alma del universo. Una manera lobuna sin duda alguna.

www.bibliotecadelbosque.net